Destruye la Radio

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martes, abril 24, 2007

El diario secreto de Laura Palmer (Jennifer Lynch, 1990) Fragmento 6 ( 2 de Agosto de 1984)


2 de agosto de 1984

Querido diario:

Hace mucho tiempo que no escribo, y me sabe muy mal. Maddy se marchó hace tres días, y llevo dentro un temor muy grande a algo que no comprendo.

Me ocurrió algo bueno. Anoche, en plena noche, sentí dentro de mí una sensación de lo más maravillosa. Como algo tibio en el pecho y entre las piernas. Fue como si el cuerpo se me hubiera vuelto del revés, y me sentía flotar. Creo que he tenido uno de esos orgasmos mientras dormía. Es tremen­do y me da mucho corte escribirlo, pero al mismo tiempo es algo agradable.

Después, soñé que un chico entraba en mi cuarto y me metía la mano debajo del camisón y me tocaba suavemente. Me decía cosas bonitas en voz muy baja, y después me dijo que tenía que quedarme muy quieta o si no se marcharía. En­tonces me agarró de los pies y tiró de mí hasta dejarme en el borde de la cama, con las piernas colgando; me pidió que cerrase los ojos y sentí que me abría más y más, entonces tuve que abrir los ojos para ver qué pasaba, y cuando lo hice, él ya no estaba. Entonces me miré la barriga y vi que estaba em­barazada. Él estaba dentro de mí, pero era pequeñito como un bebé. Ojalá no hubiese terminado así. No sé por qué mi cabeza me hizo eso. Lo que más me gustó fue cuando tiraba de mí con suavidad y dominaba la situación.

Laura

* * *

martes, marzo 20, 2007

El diario secreto de Laura Palmer (Jennifer Lynch, 1990) Fragmento 5 (30 de Julio de 1984)


30 de julio de 1984
Querido diario:

Maddy se ha traído un montón de ropa, y me ha pedido que me la probara toda delante del espejo. Se daría cuenta de que andaba un poco deprimida... supongo. Tiene algunas co­sas realmente divinas. Me gustó cómo me hicieron sentir. So­bre todo la falda corta y los zapatos de tacón con aquel jersey blanco, tan esponjoso.

Maddy me dijo que me parecía a Audrey Horne. Es la hija de Benjamín Horne, el hombre para el que trabaja mi padre. Benjamín es muy, pero que muy rico. Audrey es una chica gua­pa, pero es callada y a veces mala. Su padre no le presta mu­cha atención, y a lo mejor es por eso que ella se comporta como lo hace. Pero conmigo, él siempre ha sido muy atento. Algunas veces me da un poco de pena por Audrey, porque cuando ve que su padre me canta, debe de sentirse triste, por­que sale corriendo y no vuelve hasta que su madre la obliga. Otras veces, cuando la veo salir corriendo, me siento bien. Como si yo fuese el centro de atención, como si fuese para él más especial que su propia hija. Sé que no está bien que lo diga, pero lo hago porque soy sincera.
Para ser muy sincera, creo que me gusta mucho el aspec­to que tenía con la ropa de Maddy. Dentro de mí, algo empe­zó a moverse como una burbuja. Es lo mismo que sientes en el tiovivo cuando no estás acostumbrada al sube y baja. Apues­to a que si me vistiera siempre así las cosas serían muy distintas.

Cuando terminamos, Maddy y yo nos fuimos a caminar, pero en camiseta y vaqueros, claro. En Twin Peaks no se ven muchos tacones y faldas cortas, a menos que por todas partes aparezcan carteles anunciando algún baile o fiesta del pueblo. Fuimos hasta Easter Park y nos sentamos en el mirador. Maddy dijo que en su casa la vida marcha bien, «exceptuando la in­creíble indiscreción de mis padres». Procuro repetir exacta­mente sus mismas palabras, porque me parece que lo expresó tic maravilla. Dijo que, según ella, en la vida hay montones de cosas que al principio no parecen correctas pero que des­pués una se acostumbra a ellas.
Quizá debería empezar a pensar de ese modo. Quizá de­bería ser mejor persona y no pensar tanto en lo que me está pasando. Espero que pronto llegue el día en que esto se me dé lo bastante bien como para deshacerme de todas las cosas que tanto me preocupan. Cosas que sólo puedo describir a trozos. Si soy mejor persona, y si cada día me esfuerzo más y más, quizá todo esto funcione.

Con todo mi cariño, Laura


30 de julio de 1984, más tarde

ALGÚN DÍA ESTO DE CRECER SERÁ MÁS FÁCIL.


En lo más profundo hay colinas de mujer
a punto de surgir
Para ver el cielo
y la luna y el sol
Y las estrellitas en la mano negra de un hombre

Algunas mañanas
Me miro y
Veo formarse colinas y valles
Pienso en ríos subterráneos.

Por fuera
Florezco
Por dentro estoy seca

Ojalá lograra entender
El porqué de mi llanto
Ojalá pudiera acabar con este miedo
A soñar que me estoy muriendo.

* * *

miércoles, marzo 07, 2007

El diario secreto de Laura Palmer (Jennifer Lynch, 1990) Fragmento 4 (29 de Julio de 1984)



29 de julio de 1984

Querido diario:
Ahí va una poesía.

Gracias a la luz de mi ventana, él me ve por dentro
Pero yo no puedo verlo hasta que no se acerca
Respirando, sonriente, a mi ventana
Viene para tomarme
Y hacerme dar más y más vueltas.
Sal a jugar. Sal y juega.
Quédate quieta. Quédate quieta. Quédate quieta.
Pequeñas rimas y canciones
Restos de bosque en mi pelo y mis ropas
A veces lo veo cerca de mí
Cuando sé que no puede estar allí,
A veces lo siento cerca de mí
Y sé que es algo que he de soportar.
Cuando grito
Nadie me oye
Cuando hablo en voz baja, él cree que el mensaje
Es sólo para él.
La voz se me pierde en la garganta
Siempre pienso que algo
Habré hecho
O que puedo hacer algo
Pero nadie, nadie vendrá a ayudar,
Dice él,
A una niñita como tú.

jueves, marzo 01, 2007

El diario secreto de Laura Palmer (Jennifer Lynch, 1990) Fragmento 3 (24 de julio de 1984)


24 de julio de 1984

Querido diario:

Tengo un montón de cosas que contarte. Todo esto te lo escribo en el interior de un fuerte que Donna, Maddy y yo hemos construido. Papá y mamá dijeron que todo iría bien con tal de que nos quedásemos en la parte de atrás. Utiliza­mos la madera que Ed Hurley nos regaló, y papá se encargó de clavar todos los trozos. Donna dice que si se desatara una tormenta, se nos caería todo encima, pero tengo la sensación de que, pase lo que pase, el fuerte aguantará.

Maddy está guapísima. Ya ha cumplido los dieciséis y en­vidio la vida que lleva. ¡Ojalá yo tuviera dieciséis! Tiene no­vio, y ya lo echa de menos. Hace un rato él la ha telefoneado para saber cómo había llegado. Papá se metió con ella y le dijo que cuando hablaba por teléfono estaba toda acaramelada, pero Maddy no le hizo caso. Donna cree que cuando le salga un novio, lo más probable será que ya tenga cuarenta años y esté medio sorda. Le dije que estaba loca porque las dos ya les caemos bien a los chicos, pero que somos demasiado lis­tas como para salir con ellos. ¿Cómo será cuando me quiera alguien que no sean mis padres? Cuando yo viaje, ¿me telefo­neará para saber si he llegado bien?

En fin, hoy hemos ido todas a ver a Troy a los establos y lo cepillamos y le dimos de comer. Tanto Donna como Maddy han dicho que en su vida habían visto un pony más bonito. Me pregunto qué habré hecho para merecérmelo. Don­na lleva años deseando que le regalen uno, pero su padre nunca se lo ha comprado. Me pregunto cuánto tiempo vivirá Troy y si lloraré cuando se muera.

Donna acaba de leer lo que he escrito sobre Troy, y dice que pienso en demasiadas cosas tristes, y que si sigo así, cual­quiera sabe lo que va a pasar. Donna no sabe todo lo que yo sé. Algunas veces no puedo evitar pensar en cosas tristes. Al­gunas veces son las cosas más íntimas que llevo dentro.

Mamá nos ha preparado bocadillos y dos termos. Uno lle­no de leche bien fría. El otro, de chocolate caliente. Maddy no se tomará más que una taza de chocolate caliente, porque dice que le salen granitos. Yo no le veo un solo granito en toda la cara. Hace tres años que le vino la regla y dice que es una lata. Que te sale acné y que te duele la barriga y que te sientes can­sada y de mal humor cada vez que te viene. Estupendo. Algo más por lo que suspirar. A mamá le vino la regla cuando tenía mi edad, y espero que eso no quiera decir que a mí también me vendrá este año. Ahora que Maddy me ha contado de qué va, la verdad es que no me entusiasma nada.

Estamos comiendo bocadillos y bebiendo leche, y escri­biendo en nuestros diarios. ¡El de Maddy es enorme y está súper lleno! El de Donna está más escrito que el mío, pero ya verás cuánto voy a escribir, más que Maddy. Me gusta la idea de guardar mis pensamientos en un solo lugar, como un cere­bro en el que puedes mirar. Colgamos una linterna en lo alto del fuerte para tener luz y poder ver. De las ventanas de la casa nos llegaba un poco de luz, pero tapamos todos los agujeros porque decidimos que eso nos estropearía la sensación de es­tar solas en el bosque. Con tanta manta y comida ya nos senti­mos como si estuviésemos exactamente donde estamos: ¡En el patio trasero! Maddy dice que ha traído un paquete de ciga­rrillos y que más tarde, cuando mamá y papá se hayan dormi­do, si queremos, podremos probar uno. Dice que están un poco resecos, porque hace meses que los guarda y que no los ha fumado porque tiene miedo de que sus padres se enteren. A lo mejor pruebo uno. Donna dice que no quiere, y Maddy y yo no hemos querido presionarla, porque las verdaderas ami­gas no hacen cosas así. Pero te apuesto a que puedo hacer que Donna se fume uno si le echo una mirada que yo me sé. ¿Te apuestas algo?

Hasta dentro de un rato.

Ya estoy de vuelta.

Nos hemos reído tanto que nos duele el estómago. Maddy nos explicó cómo besa a su novio con la lengua, y a Donna y a mí nos dio un ataque. Donna hizo una mueca y dijo que no le gustaba la idea de los besos de lengua. Yo fingí que pen­saba igual que ella... pero la verdad, querido diario, cuando me enteré cómo se hace, me entró una cosa en el estómago que... no sé. Es distinto de... bueno, da igual. Me dio la sensa­ción de que quizá me guste eso de los besos con lengua, y voy a probarlo con algún chico en cuanto tenga la oportuni­dad. Maddy nos contó que la primera vez tuvo miedo, pero que lleva un año haciéndolo y que le encanta. Yo les conté que el mes pasado, un día que no fui al colegio porque tenía fiebre, entré en la habitación de mis padres y los pesqué des­nudos, y papá estaba encima de mamá. Me fui de la habita­ción, y al cabo de nada, mamá vino a mi cuarto a traerme una aspirina y 7-Up. No dijo ni una palabra sobre lo ocurrido. Donna dice que estaban haciendo el amor; yo ya lo sabía, pero no daban la impresión de estar pasándoselo bien. Sólo se mo­vían muy despacio y ni siquiera se miraban.

Maddy cree que lo más probable es que estuvieran «echan­do un polvete rápido». ¡Puuaaj! Mis padres haciendo el amor. Qué guarrada. Ya sé que así fue como me hicieron, pero la verdad es que no me importaría nada si no tuviera que volver a verlos. Prometo ahora mismo que el día que haga el amor con alguien, será mucho más divertido que lo que vi.

Mamá y papá acaban de venir a darnos las buenas noches, y a contarle a Donna que sus padres han telefoneado para de­cir que mañana no hace falta que vaya a la iglesia, así se puede quedar a dormir aquí. Nos alegramos mucho.

Papá nos pidió que cerrásemos los ojos y tendiéramos las manos, entonces nos dio una piruleta y nos pidió que no se lo contáramos a mamá. Después vino mamá y me dio una bolsita y me pidió «no se lo cuentes a tu padre». ¡En la bolsita había tres piruletas más! Maddy miró sus piruletas y suspiró. «Granitos», fue todo lo que dijo. Pero les quitó el papel y las tres nos metimos las piruletas en la boca e intentamos cantar «Rema, rema en tu barca» con la boca llena. Donna dijo que la piruleta mordida se parecía a algo que Troy nos dejaría de regalo, y las tres las escupimos enseguida.

Maddy nos contó un cuento bastante bueno, de miedo, sobre una familia que sale de paseo una noche y, cuando vuel­ven a casa, encuentran a unas personas que los esperan ocul­tas para matarlos. La historia no termina ahí, pero la verdad es que no sé si quiero acordarme de ella dentro de un rato. No quiero alimentar mis sueños. Donna salió del fuerte para hacer pis, entonces Maddy aprovechó para contarme que hace tiempo que ella también tiene pesadillas. Dijo que no quería hablar del tema delante de Donna porque a lo mejor ella no iba a entenderla. Dice que en sus sueños aparezco yo en el bosque. Donna volvió al fuerte y Maddy no quiso contarme nada más. ¿Habrá visto Maddy al hombre del pelo largo? ¿Y el viento? Maddy escribe poesías en su diario, porque dice que a veces es más divertido que escribir el rollo de siempre, y que si algún día alguien llegara a verte el diario, a lo mejor no entendería todo lo que ponen las poesías. Mañana voy a probar.

Hasta dentro de un rato.

¡Aja! Te dije que podía hacer que Donna probara un ciga­rrillo. Maddy los sacó y encendió uno, después me lo pasó para que probara. Me encanta echar el humo por la boca. Es como si de ella saliera un espíritu danzarín y pequeñito. Como si fuera una mujer mayor rodeada de gente que me mira con cara de querer ser como yo. Incluso Donna dijo que parecía una persona madura cuando me vio fumar. Ni siquiera me he tragado el humo, así que no sé qué habría pasado si lo hubie­ra hecho.

Después le tocó el turno a Donna, y antes de que dijese que no, yo fui y dije: «Me alegro de haberlo probado, así no tendré que volver a hacerlo nunca si no quiero». Entonces Donna cogió el cigarrillo, le dio unas caladas y el fuerte se lle­nó de humo. Quedaba muy bien así, fumando, pero le entró un poco de miedo, tragó humo, y no veas el ataque de tos que le dio. Apagamos el cigarrillo y ventilamos el fuerte a toda pas­tilla por si mamá y papá llegaban a despertarse. Creo que un día de estos me voy a comprar un paquete de cigarrillos, y me los voy a guardar como hace Maddy. No pienso engancharme al tabaco ni nada parecido. Soy muy cuidadosa.

Bueno, ya nos vamos a dormir y las tres estamos despi­diéndonos de nuestros diarios. Buenas noches. Creo que tú y yo vamos a ser muy buenos compañeros.

Con todo mi cariño, Laura

* * *


martes, febrero 27, 2007

El diario secreto de Laura Palmer (Jennifer Lynch, 1990) Fragmento 2 (23 de julio de 1984)


23 de julio de 1984

Querido diario:

Es muy tarde y no puedo dormir. He tenido una pesadilla tras otra y al final he decidido que no voy a dormir más. Su­pongo que mañana, cuando Maddy llegue, estará cansada del viaje y querrá dormir la siesta, así que yo también voy a apro­vechar para recuperarme. A lo mejor duermo cuando es de día, así mis sueños no serán tan negros.

Tuve uno realmente horrendo. Me desperté llorando, y me dio miedo de que si mamá me oía viniera a verme, porque aho­ra mismo quiero estar sola y ella no lo entendería. Cuando no puedo dormir o cuando tengo pesadillas como esta noche, siempre viene y me canta «El vals de Matilda». No es que no quiera que me cante, pero es que en el sueño aparecía un hom­bre extraño que me cantaba esa misma canción con la voz de mamá, y fue tal el miedo que me dio que me quedé paralizada.

En el sueño yo caminaba por el bosque, cerca de Pearl Lakes, y soplaba un viento muy fuerte, pero sólo a mi alrede­dor. El viento era caliente. Y a unos metros de donde yo esta­ba apareció este hombre extraño de pelo largo y unas manos enormes y callosas. Eran muy ásperas y las tendía hacia mí mientras cantaba. La barba no le volaba al viento, porque el viento sólo soplaba alrededor de mi cuerpo. Tenía las puntas de los dedos negras como el carbón, y las movía en círculos a medida que sus manos se iban acercando a mí. Yo caminaba hacia él, aunque no quería hacerlo porque el hombre me daba mucho miedo.

«Tengo a tu gato», me dijo. Y Júpiter salió corriendo de­trás de él y se metió en el bosque como si fuese una motila blanca sobre una hoja de papel negro. El hombre seguía cantando y yo trataba de decirle que quería irme a casa y que que­ría que Júpiter se fuera conmigo, pero no podía hablar. En­tonces él elevó las manos en el aire, muy, pero que muy arri­ba, como si estuviera creciendo mucho, y a medida que sus manos subían, sentí que el viento que soplaba alrededor de mi cuerpo paraba y todo quedaba en silencio. Creí que iba a dejar que me fuese porque podía leerme el pensamiento, al menos ésa era la sensación que me daba. Y entonces, cuando él paró el viento con sus manos de ese modo, creí que me de­jaba en libertad, que dejaba que me fuese a casa.

En ese momento, tuve que bajar la vista porque sentí un calor entre las piernas. No era un calor agradable, sino que me quemaba. Me quemaba tanto que tuve que abrirme de pier­nas para que se me enfriasen. Para que no me quemaran tan­to. Y entonces las piernas empezaron a separárseme solas, como si se me fueran a salir del cuerpo, y pensé, me voy a morir y no sé cómo van a darse cuenta de que traté de mante­ner las piernas cerradas, pero no pude porque me quemaban. Y entonces, el hombre me miró y sonrió con una sonrisa as­querosa, y se puso a cantar con la voz de mamá: «Matilda, ven­drás a bailar el vals conmigo...». Intenté hablarle otra vez, pero no pude, y traté de moverme, pero tampoco pude, y entonces me dijo: «.Laura, estás en casa». Y ahí fue cuando me desperté.

Algunas veces, cuando sueño, me siento atrapada en mi sueño y tengo mucho miedo. Pero ahora, cuando leo lo que acabo de escribir, no me parece tan aterrador. Si a partir de ahora escribo todos mis sueños, a lo mejor ya no me darán tanto miedo.

Una noche, el año pasado, tuve una pesadilla tan horrible que al día siguiente, en el colegio, no pude hacer nada. Donna creyó que me estaba volviendo majara porque, cuando es­tábamos en la clase, cada vez que me llamaba o me ponía la mano en el hombro para pasarme una nota, yo pegaba un bote. No me estaba volviendo majara, como Nadine Hurley, claro que no, pero sentía como si todavía me encontrara dentro de un sueño. Del sueño no me acuerdo muy bien; de lo único que me acuerdo es que en el sueño yo estaba metida en un verdadero lío porque no había pasado un examen de lo más raro, en el que tenía que ayudar a un cierto número de perso­nas a cruzar un río en barca, y no podía hacerlo, porque lo que yo quería era nadar o algo por el estilo, y entonces esas personas enviaban a alguien a por mí, para que me manoseara de una forma muy fea. Y no me acuerdo de nada más, supon­go que no se pierde nada.

Estoy harta de esperar para hacerme mayor. Algún día me ocurrirá y seré la única persona que pueda hacerme sentir bien o mal por lo que haga.

Mañana seguiré contándote cosas. Ahora estoy bastante cansada.

Laura

* * *

23 de julio de 1984

Querido diario:

Mi prima Maddy llegará de un momento a otro. Papá se fue solo a buscarla a la estación, porque mamá no dejó que me despertara. He dormido hasta hace un cuarto de hora. No soñé nada, pero mamá dice que me oyó llamarla a gritos, ¡y que después ululé como un búho! Me da una vergüenza que no veas. Dice que entró en mi cuarto y que me encontró me­dio dormida pero yo... volví a ulular, y dice que después me eché a reír, me di media vuelta y volví a dormirme. Espero que no se lo cuente a nadie. Siempre va por ahí contándole estas cosas a la gente cuando tenemos alguna cena con los Hayward. Y empieza siempre con la frasecita: «Laura ha hecho una cosa de lo más extraña...». Y entonces ya sé lo que viene después.

Igual que aquella noche, cuando fue y dijo delante de todo el mundo que soy sonámbula y que un día, cuando se iba a la cama, aparecí yo en la cocina. Me quité toda la ropa, la metí en el horno y me volví a la cama. Ahora, cada vez que estoy en casa de los Hayward, y con Donna echamos una mano en la cocina, cuando me acerco al horno, la señora Hayward me pregunta en broma si me doy cuenta de que un horno es un horno y no una lavadora.

La noche que mamá contó aquello había bebido, por eso la perdono, pero si llega a contarle a alguien que he ululado, me moriría. Me parece que jamás llegará el día en que los padres dejen de poner en ridículo a sus hijos. Los míos no son una excepción.

Quizá si lograra dejar de hacer estupideces cuando duermo, mi madre no tendría nada que contarle a la gente.

Hasta dentro de un rato.

Laura (Uuh, uuh)

* * *

domingo, febrero 25, 2007

El diario secreto de Laura Palmer (Jennifer Lynch, 1990) Fragmento 1 (22 de Julio de 1984)


22 de julio de 1984

Querido diario:

Me llamo Laura Palmer, y hace tres minutos que he cum­plido oficialmente doce años. ¡Es 22 de julio de 1984 y ha sido un día estupendo! Fuiste el último regalo que abrí y no veía la hora de subir a mi cuarto para empezar a contártelo todo sobre mí y mi familia. Tú serás en quien yo más confíe. Pro­meto contarte todo lo que ocurra, todo lo que sienta, todo lo que desee. Y absolutamente todo lo que pienso. Existen cier­tas cosas que no puedo contarle a nadie. Pero prometo con­tártelas a ti.

En fin, que esta mañana cuando bajé a desayunar, vi que mamá había colgado guirnaldas por toda la casa. Papá llegó incluso a ponerse un sombrerito de papel y durante un rato estuvo tocando un silbato. ¡Creí que Donna y yo no pararía­mos nunca de reírnos!

Ah, Donna es mi mejor amiga, la mejor en todo el mun­do. Se apellida Hayward, y su padre, el doctor Hayward, me trajo al mundo hace doce años. No puedo creer que por fin haya llegado este día. En la mesa, mamá se echó a llorar y dijo que cuando menos se lo espere yo ya me habré hecho mujer. Sí, ya. Seguro que pasarán años antes de que me venga la re­gla, lo sé. Está loca si se cree que me haré mayor enseguida, ¡sobre todo si para mi cumpleaños sigue regalándome anima­les de peluche!

Hoy todo ha sido tal y como yo quería; sólo estaban Don­na, mamá y papá. Y Júpiter, mi gato, claro está. Desayunamos crepés de manzana, que son mis preferidas, con un montón de tostadas y miel de arce.

Donna me regaló la blusa que vi en el escaparate de los Almacenes Horne, y sé que la compró con sus pagas semanales, porque estuvo ahorrándolas durante mucho tiempo, y no quiso decirme para qué. ¡Es la blusa más bonita del mundo! Es blanca y sedosa, y tiene rositas bordadas por todas partes, pero no tantas como para que parezca recargada. Es perfecta. Cuando sea el cumpleaños de Donna también le voy a regalar algo súper especial.

Mi prima Madeline, Maddy para abreviar, vendrá mañana a visitarnos y se quedará una semana entera. Ella, Donna y yo vamos a construir un fuerte en el bosque y acamparemos allí si mamá nos deja. Sé que papá nos dará permiso. A él le gusta el bosque tanto como a mí. Una noche, soñé que papá nos llevaba a vivir a una casa en pleno bosque, y que delante de la ventana de mi dormitorio había un árbol enorme en el que anidaban dos pájaros cantores.

Querido diario, vuelvo dentro de un ratito, papá me ha pedido que baje. ¡Dice que tiene una sorpresa! ¡Te lo contaré todo en cuanto vuelva!

Con todo mi cariño, Laura

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22 de julio de 1984, más tarde

Querido diario:

¡Jamás adivinarás lo que acaba de ocurrir! Bajé y papá nos pidió a mamá y a mí que subiésemos al coche y que no hicié­ramos preguntas hasta que llegásemos adonde íbamos a ir. Pero mamá se pasó todo el trayecto haciendo preguntas. A mí no me importó nada, porque pensé que a lo mejor de ese modo a papá se le escaparía algún dato, pero no fue así. Yo me que­dé callada para no echar a perder la sorpresa. Cuando para­mos en los establos de Broken Circle, lo adiviné. ¡Papá me ha comprado un pony! Querido diario, no sabes lo hermoso que es, mucho más hermoso de lo que jamás hubiera soñado. Es de color rojo canela y marrón oscuro, y tiene unos ojos dulces y enormes. Mamá no se lo podía creer cuando lo vio, y empezó a preguntarle a papá cómo había logrado salirse con la suya sin que nadie se enterara. Papá dijo que si ella lo hu­biera sabido, habría echado a perder la sorpresa, y tiene razón. A mamá casi le dio un ataque al corazón cuando vio que me metía debajo de las patas del pony para averiguar si era macho o hembra. De un solo vistazo supe que era macho. Ja­más había visto una de ese tamaño. Mamá no conoce a su niña tan bien como ella cree, ¿eh?

Volvamos al pony. Decidí llamarlo Troy, como el pony que sale en el álbum de fotos de la señora Larkin. Zippy, que tra­baja en los establos, dijo que me hará una placa donde ponga Troy bien grande, y que la colgará justo delante para que todo el mundo lea el nombre cuando vea a mi pony. Troy todavía es muy joven para montarlo, pero dentro de dos meses podré cabalgar con él por los campos. Hoy lo paseé un poco y le di zanahorias (papá las llevaba en el maletero) y un terrón de azúcar que me dio Zippy. A Troy le encantó todo. Antes de dejarlo, le hablé bajito en su oreja caliente y suave, y le dije que mañana nos veríamos y que lo escribiría todo sobre él, aquí, en mi diario. ¡No veo la hora de enseñárselo a Donna! ¡Ah, casi se me olvidaba, Maddy también lo verá!

Cuando volvíamos de los establos, papá dijo que Troy y yo cumplimos años el mismo día, porque cuando se regala un pony a una persona que lo va a querer, lo han de compartir todo. ¡Así que feliz cumpleaños para ti también, Troy!

Me alegra no saber de dónde viene, porque de este modo, es como si el cielo me lo hubiese enviado para mí sola.

En fin, querido diario, que mañana será un gran día y esta noche voy a dormir muy bien. Soñaré con Troy y en todo el tiempo que pasaremos juntos. Soy la chica más afortunada del mundo.

Con todo mi cariño, Laura

P.D.: Espero que esta noche BOB no venga.

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